Breve historia de Dinamarca

Dinamarca, puerto

Pese a que los restos arqueológicos más antiguos nos hablan de pobladores en Dinamarca a finales de la última era glacial, allá por el 12500 a C., no es hasta la llegada del Neolítico (sobre el 3900 a C.) que surgen las primeras comunidades de agricultores. En el siglo XVIII comienza la unificación de las diferentes tribus bajo un mismo mando, gesta que finalizó Harald Bluetooth, cuya historia se encuentra tallada en las famosas piedras de Jelling, en las que aquellas tierras reciben por primera vez el nombre de Dinamarca.

La Era Vikinga, transcurrida entre los años 800 y 1100, fue escenario de numerosas incursiones de saqueo y pillaje a las costas de Europa, principalmente en las de Rusia, Francia, Inglaterra e incluso Irlanda. El fruto de estas expediciones fue abundante, pero ni el botín ni las conquistas de los daneses llegaron a consolidar un imperio, llegando esta época de expansión a su fin con la muerte de Canuto IV en el año 1086, responsable directo del éxito de muchas campañas vikingas.

La llegada y consolidación del cristianismo se produce poco antes del fin de la Era Vikinga, a mediados del siglo X, mediante la conversión y bautismo de Harald Bluetooth y la ayuda del clero recién establecido en Dinamarca.

La llegada de la Peste Negra, allá por el año 1350, supuso un duro golpe para la población danesa, que se vio drásticamente reducida, hecho que (como en el resto de Europa) supuso una serie de profundos cambios políticos, económicos y sociales. Durante ese mismo siglo se estableció la Unión de Kalmar, en el año 1397, y cuyo objetivo era la cooperación entre las monarquías de Dinamarca, Noruega y Suecia. Este pacto estuvo vigente hasta el año 1523, cuando Gustavo I, rey de Suecia, se escindió de la Unión de Kalmar. Noruega permaneció dentro de la unión hasta 1814.

Entre los años 1660 y 1661 se produjo un cambio en la forma de gobierno de la monarquía, que hasta entonces había sido electiva (una tradición común entre las tribus del norte de Europa), siendo sustituida por una monarquía hereditaria, concentrando en el monarca todo el poder. Este periodo, conocido como Absolutismo, duró hasta mediados del siglo XIX, concretamente en 1849, cuando se le pone fin al ser adoptada una constitución democrática.

Una característica positiva de este periodo absolutista, fue la profunda reforma agraria que se llevó a cabo, sobre todo al anteponer la productividad a la agricultura ecológica, lo que llevó a la creación de una clase agraria, con fuerte influencia política y económica.

Durante las guerras napoleónicas, Dinamarca se declaró neutral, hecho que aprovecharon los ingleses para llevar a cabo ataques a Copenhague entre los años 1801 y 1807 y el posterior embargo de su flota. Debilitada por el abandono de Noruega de la Unión de Kalmar, Dinamarca terminó por perder sus territorios desde el Cabo Norte hasta el río Elba, quedando reducidas sus conquistas a los Ducados alemanes (Schleswig, Holstein y Lauenburg), que serían cedidos tras una severa derrota a manos de la Confederación Alemana en 1864.

Aunque Dinamarca mantuvo una postura neutral durante la Primera Guerra Mundial, la ocupación alemana por parte de las tropas de Hitler en 1940, hicieron imposible que esto se repitiera en la Segunda Guerra Mundial.

Aunque pacífica en apariencia, la ocupación exigía de la colaboración del gobierno danés, pero las tensiones terminaron por destruir toda relación política entre ambos países con la dimisión del gobierno y un creciente movimiento de resistencia, que llegó a sumar hasta 50 mil personas en los últimos meses del conflicto. Al final de la guerra Dinamarca se declara como país aliado, pasando a formar parte de las Naciones Unidas en 1945, beneficiándose del plan Marshall de asistencia con la modernización de sus sistemas agrarios.

El siglo XX volvería a traer cambios al sistema político de Dinamarca, que llegaron en forma de protestas ante los elevados impuestos que soportaba la población. Tras la revolución de 1968, el apoyo a los principales partidos políticos descendió drásticamente, siendo sustituidos por una avalancha de partidos con nuevas ideas, como el Partido Progresista, el Partido Central o el Partido Popular Cristiano. En el año 2001 se produjo otro cambio significativo, cuando el Partido Liberal consiguió más apoyo que el Socialdemócrata, por vez primera desde hacía 80 años.

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